
“¿Cómo puede haber un aquí sin un allí, un ahora sin un ayer y un mañana, un siempre sin un nunca…?”
Regis Debray
Hacia una nueva mediásfera
La mediología ha dividido la historia a partir de lo que se llama “las edades de la mirada” o mediásferas que abarcan tanto espacial como temporalmente lo que ha sido la historia del arte, la historia de las técnicas, la historia de las religiones, y por supuesto la historia de los diversos mecanismos de poder. Regis Debray, denominado padre de la mediología, las clasificó dentro de un marco cronológico en tres etapas que según su propio texto no se despiden bruscamente sino que “se superponen y se imbrican” (Debray 1994). La primera mediásfera corresponde a la edad más antigua, que es la logósfera o era de los ídolos que transcurre entre la invención de la escritura y la invención de la imprenta. Esta mediásfera es precedida por la grafósfera, que es básicamente la era del arte que se extiende hasta la invención de la televisión. De manera breve, en eso consisten las tres edades de la mirada a la que se refirió este teórico. Cada mediásfera cuenta con unas características particulares que la caracterizan, que se explican de manera explícita dentro de su obra Vida y muerte de la imagen.
Existe una especial preocupación por lo que acontece dentro de la videósfera, que según esta visión habría tenido inicio a mediados del siglo XX, donde “se puede negar el valor de verdad y de los conceptos universales, pero no el valor de las imágenes”. La imagen prevalece sobre todo y todos, pues sólo se puede considerar como verdadero o real lo que se puede ver. Esto abre una especie de debate entre el valor de lo visible, con respecto a lo invisible. Por supuesto, parte importante de este debate recae sobre la percepción del cuerpo y su función simbólica. En la videósfera comienza a dársele soberana importancia al cuerpo humano como objeto de admiración; lo que expresa está inscrito únicamente dentro de lo que se muestra. El cuerpo es materia de seducción y de exposición pública; siempre debe estar expuesto y proyectar una imagen para tener un sentido de realidad.
Sin embargo, la historia de las mediásferas está sujeta en gran parte a la historia de las técnicas, y son estas las que han determinado los procesos de transición. Esto abre lugar a un nuevo cuestionamiento mediológico que surge a partir de la expansión de los llamados “nuevos medios”. La invención de la escritura dio inicio a la logósfera, la imprenta a la grafósfera y la televisión a la videósfera. ¿Sería descabellado pensar que la expansión global del World Wide Web, podría considerarse el génesis de una nueva mediásfera, teniendo en cuenta los avances en materia de interacción digital, comunicación y telecomunicación, su desarrollo técnico y la serie de transformaciones (casi inmediatas) que han provocado en la esfera social, política, cultural, artística y religiosa? ¿O este gigantesco fenómeno hará parte también de la videósfera, pese a que muchas de sus características divergen completamente y otras parecen absolutas exageraciones? Como herencia del lenguaje de la informática y de la industria del software comienza a hablarse de segundas versiones; por ejemplo, la web 2.0, enfocada hacia la interacción y producción de contenidos, bautizada por Dale Dougherty; o la televisión 2.0 de la que habla Carlos Scolari, personalizada y enfocada hacia los dispositivos móviles. ¿Estaremos atravesando una videósfera 2.0, o se tratará de un proceso de transición y adaptación hacia una nueva mediásfera? Algo de razón habrá en el hecho de que comience a hablarse de una hiperósfera que precede la era de la televisión y de la verdad de lo visible, que de la misma manera se superpone y se imbrica.
La edad de la hipertextualidad; de la hiperreferencia, de la sociedad en línea. La realidad, lejos de ser un problema de verdad o de mentira, circula cifrada a través de protocolos de transferencia de hipertexto. La mirada sobre la imagen pierde parte de su “autoridad del acontecimiento por un terrorismo de la evidencia” (Debray 1994) y se vuelve maleable, adaptable y sobre todo, virtual. La imagen de la videósfera proporcionaba un sentido de realidad, mientras que en la hiperósfera proporciona un Realismo Sintético en la imagen, como lo expuso Lev Manovich. La imagen es fragmentada y editable, susceptible de ser transformada, poco natural y fácilmente suprimible. ¿Existe o no una hiperósfera? Es sólo cuestión de formalismos académicos, pero lo único cierto es que atravesamos un contexto histórico como ninguno otro, que podría llegar a ser tan confuso como efímero, pero no menos fascinante.
Y como las transformaciones acontecen transversalmente, el principal objeto de esta publicación en línea (creada y alimentada por medio de un weblog, inscrito dentro de lo que se conoce como web 2.0), será demostrar cómo la transición entre videósfera e hiperósfera supone un nuevo acercamiento hacia lo invisible. Eso que se supone, está desvinculado del poder de la imagen y de lo visible. El fotorrealismo es una virtud de la hiperósfera, fácilmente simulable, y la imagen es simple mediación entre un usuario y una interfaz. ¿Y el cuerpo? Comienza a desplazarse hacia lo invisible y lo intangible; deja de habitar un tiempo y espacio y se adapta al ciberespacio. A una realidad generada por máquinas, totalmente virtual.
Bibliografía
Debray, Regis (1994), Vida y muerte de la imagen: historia de la mirada en Occidente, Paidós.
Manovich, Lev (2002), The language of new media, Cambridge, Massachusetts, London, MIT.
Regis Debray
Hacia una nueva mediásfera
La mediología ha dividido la historia a partir de lo que se llama “las edades de la mirada” o mediásferas que abarcan tanto espacial como temporalmente lo que ha sido la historia del arte, la historia de las técnicas, la historia de las religiones, y por supuesto la historia de los diversos mecanismos de poder. Regis Debray, denominado padre de la mediología, las clasificó dentro de un marco cronológico en tres etapas que según su propio texto no se despiden bruscamente sino que “se superponen y se imbrican” (Debray 1994). La primera mediásfera corresponde a la edad más antigua, que es la logósfera o era de los ídolos que transcurre entre la invención de la escritura y la invención de la imprenta. Esta mediásfera es precedida por la grafósfera, que es básicamente la era del arte que se extiende hasta la invención de la televisión. De manera breve, en eso consisten las tres edades de la mirada a la que se refirió este teórico. Cada mediásfera cuenta con unas características particulares que la caracterizan, que se explican de manera explícita dentro de su obra Vida y muerte de la imagen.
Existe una especial preocupación por lo que acontece dentro de la videósfera, que según esta visión habría tenido inicio a mediados del siglo XX, donde “se puede negar el valor de verdad y de los conceptos universales, pero no el valor de las imágenes”. La imagen prevalece sobre todo y todos, pues sólo se puede considerar como verdadero o real lo que se puede ver. Esto abre una especie de debate entre el valor de lo visible, con respecto a lo invisible. Por supuesto, parte importante de este debate recae sobre la percepción del cuerpo y su función simbólica. En la videósfera comienza a dársele soberana importancia al cuerpo humano como objeto de admiración; lo que expresa está inscrito únicamente dentro de lo que se muestra. El cuerpo es materia de seducción y de exposición pública; siempre debe estar expuesto y proyectar una imagen para tener un sentido de realidad.
Sin embargo, la historia de las mediásferas está sujeta en gran parte a la historia de las técnicas, y son estas las que han determinado los procesos de transición. Esto abre lugar a un nuevo cuestionamiento mediológico que surge a partir de la expansión de los llamados “nuevos medios”. La invención de la escritura dio inicio a la logósfera, la imprenta a la grafósfera y la televisión a la videósfera. ¿Sería descabellado pensar que la expansión global del World Wide Web, podría considerarse el génesis de una nueva mediásfera, teniendo en cuenta los avances en materia de interacción digital, comunicación y telecomunicación, su desarrollo técnico y la serie de transformaciones (casi inmediatas) que han provocado en la esfera social, política, cultural, artística y religiosa? ¿O este gigantesco fenómeno hará parte también de la videósfera, pese a que muchas de sus características divergen completamente y otras parecen absolutas exageraciones? Como herencia del lenguaje de la informática y de la industria del software comienza a hablarse de segundas versiones; por ejemplo, la web 2.0, enfocada hacia la interacción y producción de contenidos, bautizada por Dale Dougherty; o la televisión 2.0 de la que habla Carlos Scolari, personalizada y enfocada hacia los dispositivos móviles. ¿Estaremos atravesando una videósfera 2.0, o se tratará de un proceso de transición y adaptación hacia una nueva mediásfera? Algo de razón habrá en el hecho de que comience a hablarse de una hiperósfera que precede la era de la televisión y de la verdad de lo visible, que de la misma manera se superpone y se imbrica.
La edad de la hipertextualidad; de la hiperreferencia, de la sociedad en línea. La realidad, lejos de ser un problema de verdad o de mentira, circula cifrada a través de protocolos de transferencia de hipertexto. La mirada sobre la imagen pierde parte de su “autoridad del acontecimiento por un terrorismo de la evidencia” (Debray 1994) y se vuelve maleable, adaptable y sobre todo, virtual. La imagen de la videósfera proporcionaba un sentido de realidad, mientras que en la hiperósfera proporciona un Realismo Sintético en la imagen, como lo expuso Lev Manovich. La imagen es fragmentada y editable, susceptible de ser transformada, poco natural y fácilmente suprimible. ¿Existe o no una hiperósfera? Es sólo cuestión de formalismos académicos, pero lo único cierto es que atravesamos un contexto histórico como ninguno otro, que podría llegar a ser tan confuso como efímero, pero no menos fascinante.
Y como las transformaciones acontecen transversalmente, el principal objeto de esta publicación en línea (creada y alimentada por medio de un weblog, inscrito dentro de lo que se conoce como web 2.0), será demostrar cómo la transición entre videósfera e hiperósfera supone un nuevo acercamiento hacia lo invisible. Eso que se supone, está desvinculado del poder de la imagen y de lo visible. El fotorrealismo es una virtud de la hiperósfera, fácilmente simulable, y la imagen es simple mediación entre un usuario y una interfaz. ¿Y el cuerpo? Comienza a desplazarse hacia lo invisible y lo intangible; deja de habitar un tiempo y espacio y se adapta al ciberespacio. A una realidad generada por máquinas, totalmente virtual.
Bibliografía
Debray, Regis (1994), Vida y muerte de la imagen: historia de la mirada en Occidente, Paidós.
Manovich, Lev (2002), The language of new media, Cambridge, Massachusetts, London, MIT.
Este video ilustra un poco de qué se trata la web 2.0:
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